Ella se fue, pero no quería dejarlo solo… | Impacto!

Ella se fue, pero no quería dejarlo solo…

Ella se fue, pero no quería dejarlo solo…

Amy Krouse Rosenthal amó de tal forma a Jason que escribió esto para él

La escritora, oriunda de Chicago y autora de 30 libros infantiles compartió su grandeza emocional, intelectual y humana. Así que quédate un poco más y lee lo que escribió como despedida.

¿Cómo se resumen 26 años de matrimonio? En septiembre del 2015, Amy Krouse Rosenthal descubrió que su dolor no era una apendicitis, sino cáncer de ovarios y que su vida lentamente se escapa como agua entre los dedos. Tal es su amor por el hombre con quien ha vivido estas dos décadas y media y un poco más que escribió esta carta para no dejarlo solo.

La escritora, oriunda de Chicago y autora de 30 libros infantiles compartió su grandeza emocional, intelectual y humana. Así que quédate un poco más y lee lo que escribió como despedida.

“Llevo un tiempo intentando escribir esto, pero la morfina y la falta de hamburguesas jugosas (¿qué han sido, cinco semanas sin comida de verdad?) me han dejado sin energía y han interferido en la capacidad de prosa que me queda. Además, las microsiestas intermitentes que me dan a mitad de frase no me han permitido trabajar tan rápido como me gustaría. Aunque, hay que admitirlo, también me proporcionan algo de diversión psicodélica.

Pero debo terminarlo ya porque tengo una fecha límite, en este caso, una apremiante. Necesito decir esto (y decirlo bien), mientras tengo a) tu atención y b) pulso.

He estado casada con el hombre más extraordinario durante 26 años. Planeaba que fueran al menos 26 años más.

Amy Krouse Rosenthal

¿Quieren oír un chiste de mal gusto? Un marido y una mujer llegan a la sala de urgencias a última hora de la noche del 5 de septiembre de 2015. Unas horas y varias pruebas después, el doctor les aclara que el dolor inusual que siente la esposa en su costado derecho no es la apendicitis sin importancia que pensaban, sino cáncer de ovarios.

Cuando la pareja regresa a casa a primera hora de la mañana del 6 de septiembre, de alguna manera en medio del brumoso shock descubren que hoy, el día en que han comprendido lo que se les avecinaba, es también el día en que oficialmente arranca su vida como aves de un nido vacío. La menor de sus hijos acaba de marcharse a la universidad.

Así que muchos planes se desvanecen al instante.

Ningún viaje con mi esposo y mis padres a Sudáfrica. Ninguna razón ya para solicitar la beca de Harvard Loeb. Ni para hacer ese viaje soñado por Asia con mi madre. Ninguna residencia de escritores en esas escuelas maravillosas de la India, Vancouver, Yakarta.

No es de extrañar que las palabras “cáncer” y “cancelar” parezcan tan similares.

Entonces adoptamos lo que apodé como el Plan Ser, vivir el presente. En cuanto al futuro, permítanme que les presente al protagonista de este artículo, Jason Brian Rosenthal.

Es un hombre del que es fácil enamorarse. Yo lo hice en un día.

Déjenme explicarlo: el mejor amigo de la infancia de mi padre, el “tío” John, nos conocía a Jason y a mí de forma separada desde que éramos pequeños, pero Jason y yo nunca nos habíamos encontrado. Yo fui a la universidad en la Costa Este [estadounidense] y tuve mi primer trabajo en California. Cuando regresé a casa, a Chicago, John -que pensaba que Jason y yo éramos perfectos el uno para el otro- nos organizó una cita a ciegas. 

Era 1989. Sólo teníamos 24 años. Yo tenía exactamente cero expectativas de que la cita fuera a ninguna parte. Pero cuando él tocó la puerta de mi pequeña casa, pensé: “Oh, oh, esta persona es muy agradable”.

Para cuando acabamos de cenar, me quería casar con él. Jason llegó a la misma conclusión un año después.

Nunca he estado en Tinder, Bumble o eHarmony, pero voy a crear aquí mismo un perfil general de Jason, hecho a partir de mi experiencia con él tras 9,490 días viviendo en la misma casa.

Empecemos por lo básico: mide 1.78 metros, pesa 72 kilos, tiene el cabello entrecano y ojos color avellana.

La siguiente lista de sus cualidades no sigue ningún orden en particular, porque todas me parecen importantes de algún modo:

Se viste bien. Nuestros hijos -que son adultos jóvenes-, Justin y Miles, a veces le piden prestada su ropa. Los que lo conocen -o quienes llegan a avistar el espacio entre sus pantalones de vestir y sus zapatos- saben que tiene un don para usar calcetines fabulosos. Está en forma y disfruta haciendo ejercicio.

Amy, en otra faceta de su última etapa.

Si nuestro hogar hablara, añadiría que Jason es asombrosamente habilidoso. Cuando se trata de comida… vaya, este hombre sabe cocinar. Después de un largo día no hay mayor regocijo que verlo cruzar la puerta con una bolsa del supermercado en las manos y seducirme con un aperitivo de aceitunas y algún queso antes de ponerse a hacer la cena.

 A Jason le encanta escuchar música en vivo: es lo que más nos gusta hacer juntos. También debería añadir que nuestra hija de 19 años, Paris, prefiere ir a un concierto con él que con cualquier otra persona.

Cuando escribía mi primer libro de memorias, mi editora me señaló secciones sobre las que quería que me extendiera. Decía: “Me gustaría ver más sobre este personaje”.

Por supuesto, yo estaría de acuerdo; él era un personaje cautivador. Pero era divertido porque ella podría haber dicho solamente: “Jason. Escribe más sobre Jason”.

Es un padre absolutamente maravilloso. Pregúntenle a quien sea. ¿Ven a ese tipo en la esquina? Pregúntenle, se lo dirá. Jason es compasivo… y puede dar la vuelta a las tortitas en el aire.

Jason pinta. Amo sus obras. Yo lo llamaría un artista, excepto por el título de Derecho que lo mantiene en su céntrica oficina de nueve de la mañana a cinco de la tarde la mayoría de los días. O, al menos, ahí estaba antes de que yo enfermara.

Si buscas a un acompañante de viajes de ensueño y con un espíritu entusiasta, Jason es tu hombre. También le gustan las baratijas pequeñas: cucharas para degustación, frasquitos, una escultura en miniatura de una pareja sentada en un banco que me regaló como recordatorio de cómo empezó nuestra familia. 

Éste es el tipo de hombre que es Jason: llegó a la ecografía de nuestro primer embarazo con flores. Es el tipo de hombre que, como siempre se despierta temprano, me sorprende los domingos por la mañana haciendo una especie de extrañas caras felices con cualquier cosa que se encuentre cerca de la cafetera: una cuchara, una taza, un plátano.

Es el tipo de hombre que sale de la tienda de autoservicio o de la gasolinera y dice: “Dame la palma de tu mano”. Y, voilà, aparece una bola de chicle colorida. (Ya sabe que me encantan todos los sabores excepto el blanco).

Supongo que ya saben suficiente sobre él. O sea, que deslicen el dedo hacia la derecha [den sí al perfil].

Esperen. ¿He mencionado que es increíblemente guapo? Voy a echar de menos mirar su cara.

Si todo les suena a que es un príncipe y nuestra relación parece salida de un cuento de hadas, no están muy equivocados, excepto por todas las pequeñas peleas que surgen cuando vives con alguien durante dos décadas y media. Y excepto la parte en la que enfermé de cáncer. ¡Puaj!

En mi libro de memorias más reciente (que escribí antes de que me diagnosticaran), invité a los lectores a enviar sugerencias para que nos hiciéramos el mismo tatuaje, con la idea de que la autora y el lector estarían así unidos por medio de la tinta.

Lo dije muy en serio y pedí que los lectores se lo tomaran en serio también. Llegaron cientos de propuestas. Unas semanas después de haber publicado el libro, en agosto, supe de una bibliotecaria de 62 años de Milwaukee llamada Paulette.

Ella sugería la palabra “más”. Se basaba en mi libro, en el que mencionaba que “más” fue la primera palabra que pronuncié (lo cual es verdad). Y, ahora, puede que sea la última (sólo el tiempo lo dirá).

En septiembre, Paulette y yo nos reunimos en un estudio de tatuajes de Chicago. Ella se lo hizo (era su primero) en la muñeca izquierda. Yo me hice el mío en el antebrazo izquierdo, con la caligrafía de mi hija. Fue mi segundo tatuaje; el primero es una “j” que he tenido en el tobillo desde hace 25 años. Probablemente puedan adivinar a qué se refiere. Jason también tiene uno, pero con más letras: “AKR”.

Jason, Amy y sus hijos.

Quiero tener más tiempo con Jason. Quiero tener más tiempo con mis hijos. Quiero tener más tiempo para disfrutar de unos martinis los jueves por la noche en el Green Mill Jazz Club. Pero eso no va a suceder. Probablemente sólo me queden unos días como persona en este planeta. Así que ¿por qué hago esto?

Terminé de escribir estas líneas en el día de San Valentín, y el regalo más genuino (que no sea un jarrón) al que puedo aspirar es que la persona apropiada lea esto, encuentre a Jason, y que empiece otra historia de amor.

Dejaré este espacio en blanco a propósito, como una manera de darles a ambos el nuevo comienzo que merecen.

Con todo mi amor, Amy

Amy descansa en paz. Ella murió el 13 de marzo recién pasado.

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